Queridos niños, a partir de hoy seré el encargado de despedirlos y darles las buenas noches con un cuentito aleccionador.
Había una vez un rey que envió a sus heraldos por todo el país para que hicieran la siguiente proclama: “Aquel hombre de entre todos ustedes que demuestre ser el más grande de todos los mentirosos recibirá una manzana de oro puro, de las manos de Su Majestad el Rey”.
Comenzó a llegar al palacio gente de cada ciudad y aldea del país, de todos los rangos y condiciones. El rey, que estaba acostumbrado a escuchar mentiras, comenzó a cansarse. Nadie era lo suficientemente mentiroso como para convencerlo.
Un día se presentó ante él un hombre pobre. “¿Qué puedo hacer por ti?”, preguntó Su Majestad. “¡Su excelencia! –exclamó el harapiento, ligeramente cohibido-. Sin duda usted me recuerda. Usted me debe un pote de oro, y he venido a cobrar la deuda.” “¿Eres un perfecto mentiroso –replicó el rey-; yo no te debo dinero alguno!” “¡Ah! ¿Con que soy un perfecto mentiroso? ¡Entonces déme la manzana de oro!”
El rey, al darse cuenta de que el hombre quería tenderle una trampa, trató de defenderse. “¡No, no! No eres ningún mentiroso.” “En tal caso, déme el pote de monedas de oro que me debe, Señor.” El rey comprendió que no tenía escapatoria y le entregó la manzana de oro.
La moraleja, niños, es que hay que dejar que nuestras víctimas elijan su propio veneno, sin que se den cuenta que se lo hemos administrado nosotros. Que duerman bien y recuerden: nunca acepten regalos de desconocidos. Hasta el mes que viene, querubines.
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