Cuenta la historia que un hombre se murió y fue directo al infierno. Allí el diablo lo recibió y comenzó a pasearlo por las instalaciones del lugar: “Bienvenido. Como verá, tenemos una gran variedad de torturas para que usted elija la que sea de su preferencia. Sea cuidadoso con su elección, pues deberá permanecer en ese castigo toda la eternidad.”
En el primer salón, unos monstruitos clavaban agujas en los ojos de los condenados. El hombre quedó tan horrorizado que rechazó el castigo y le pidió al diablo que le mostrara otras torturas.
En la segunda sala, las personas estaban acostadas en camas de púas y recibían azotes en las plantas de los pies. Los gritos eran insoportables. “Preferiría ver alguna otra opción”, dijo el señor.
En el último castigo varios individuos se encontraban muy tranquilos. Estaban de pie dentro de una gran pileta de excrementos pestilentes. La asquerosa sustancia les cubría todo el cuerpo, hasta el cuello. Solo asomaban sus cabecitas. El hombre reflexionó: “Si logro acostumbrarme al mal olor, esto es mucho mejor que cualquiera de las otras torturas.”
"Me quedo aquí", dijo, y se metió en la apestosa pileta. El diablo lo saludó y se retiró. Asqueado por el mal olor, pero creyendo que había sido muy hábil con su elección, no pudo salir de su asombro cuando entró en la sala un monstruito agitando una campana y gritando: “¡Bueno, bueno! ¡Se terminó el recreo, a sentarse!”
La moraleja de hoy requiere cierto grado de sinceridad con uno mismo. Sepan querubines reconocer cuando el castigo que les llega es justo. Lo correcto es enfrentarlo con bravura y honestidad. Los errores deben pagarse en efectivo. Escapar de las responsabilidades conduce siempre a situaciones de mierda. ¡Dulces sueños!
Más cuentitos en www.drakon.com.ar
No hay comentarios:
Publicar un comentario